Navidad: sobre el árbol, recuerdos de infancia

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El árbol
José María Sifontes

La Navidad es una época de reencuentro. No solamente de reencuentro con familiares y amigos sino con nosotros mismo, con las personas que fuimos y hemos dejado de ser. Co nosotros cuando éramos niños, pues ¿en qué época de la vida se disfruta más la navidad que en la niñez?

Recordamos navidades y, como en el cuento de Dickens, nos trasladamos en espíritu a tiempos lejanos, a periodos navideños con nuestros padres y con amigos de la infancia. Rescatamos del polvo del tiempo a seres queridos pero también  a cosas queridas, pues la Navidad está llena de símbolos.
Hay cosas de las navidades remotas que ya  no están pero que persisten en nuestras mente de forma tan viva que pareciera  que nunca se fueron, que siguen ahí. En cierto sentido así es y aguardan a que llegue la Navidad  para volver a estar con nosotros. Para algunos es un regalo que tuvo significado especial, para otros el Nacimiento. Para mí, aquel viejo árbol de Navidad.

En mi niñez la Navidad comenzaba oficialmente  cuando mi madre tomaba la decisión de sacar las llaves de la bodega, un rincón de la casa que casi nunca se abría y que contenía objetos de épocas  ajenas a mí y a mis hermanos. Allí se guardaba también  el árbol, y era todo un ritual entrar a ese lugar con olor a  otros tiempos y pasarle  una mirada rápida a las cosas  misteriosas  que nunca contenía. Cargábamos  las cajas con  las piezas del árbol hasta el sitio dónde siempre lo poníamos, a pocos pasos de la entrada.

Era de aquellos árboles de Navidad  color de aluminio, con tiras brillantes pegadas a  trozos  de alambre rígido. Ya casi no se ven esos árboles. Quizás perecían muy artificiales pero para mi cada destello de sus “hojas” reflejaba encanto.
Armábamos primero el tronco, unos cilindros de madera que se enroscaban y que tenían agujeros para colocar las ramas. Competíamos para sacar las ramas de los envoltorios de papel y las sacudíamos para darles volumen. Los íbamos  colocando en el tronco y poco a poco el árbol tomaba forma. Había otra caja llena de “bombas” de distintos colores, unas esféricas, otras alargadas con puntas.
Ya no se ven tampoco esas bombas brillantes y tan frágiles que siempre había que terminar barriendo los restos de las que se quebraban y dejaban ver su interior plateado y su textura casi  incorpórea. Veían finalmente las luces y la estrella. Teníamos  también un reflector con una pantalla giratoria de varios colores, que cambiaban suavemente la tonalidad del árbol.
Como es natural la noche del 24 era cuando el árbol brillaba en todo su esplendor, con  la casa llena, música y ruidos de morteros que venían de la calle. Sin embargo a mí me gustaba más ver de otra forma, en la tranquilidad de la casa dormida, las noches previas a las celebraciones.

Me  levantaba  y prendía sus luces. Y  lo miraba por largo rato, en medio de la oscuridad y el silencio. Ahí permanecíamos, solos los dos, yo admirándola y el comunicándome  con su mudo lenguaje esas sensación única de la Navidad.
Todavía me gusta ver el árbol encendido en la tranquilidad de la noche. Me evoca  aquel árbol de mi niñez. A veces dudo e apagarlo cuando me voy a acostar. Puede que uno de mis hijos una ncohe de estas, sin que los demás nos demos cuenta lo visite.

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